Una modernización desigual
La llegada de nuevos aparatos no transformó de golpe la vida cotidiana en Argentina. Una heladera eléctrica podía reducir las compras diarias; una cocina a gas, el tiempo dedicado a cocinar. Pero esos beneficios dependían de los ingresos, de las redes de energía, del precio del combustible y de cómo se organizaban las tareas en cada hogar. La historia de estos bienes, entre 1920 y 1970, es también la historia de quién podía acceder al confort y de cómo cambiaban el trabajo doméstico y el tiempo libre.
El historiador Fernando Rocchi estudia cuatro bienes durables —heladeras eléctricas, cocinas a gas, automóviles y radios— para seguir la relación entre producción, comercio y consumo. El foco está puesto sobre todo en las clases medias, un sector heterogéneo que creció y se convirtió en un mercado clave. Su trayectoria no representa a todos los hogares: la disponibilidad de servicios, los recursos familiares y el lugar de residencia hicieron que la incorporación de los aparatos fuera muy dispar.
Del hielo diario a la heladera eléctrica
En los años veinte, muchas familias conservaban los alimentos en cajas de madera refrigeradas con barras de hielo. Había que comprar hielo con frecuencia, una práctica que encajaba con la costumbre urbana de hacer las compras a diario. Los agentes comerciales estadounidenses atribuían parte de la escasa demanda inicial de electrodomésticos al costo relativamente bajo del servicio doméstico: una empleada podía encargarse de las compras cotidianas y hacía falta guardar menos comida en casa.
La situación empezó a cambiar cuando el hielo se encareció y su distribución se volvió más problemática. En los años treinta, esos obstáculos dieron atractivo a la refrigeración eléctrica. Siam Di Tella comenzó a fabricar heladeras domésticas en 1935 y las promovió con anuncios y demostraciones. No bastaba con vender una máquina: el aparato exigía modificar rutinas y expectativas. Según Rocchi, algunos compradores lo usaban principalmente para enfriar bebidas, mientras que otros temían que alterara el sabor de los alimentos.
La expansión fue paulatina. El censo de 1947 registró heladeras eléctricas en el 3,4 % de los hogares y cajas de hielo en el 20,4 %. Durante el primer peronismo aumentó la producción nacional, y la venta en cuotas permitió que algunos trabajadores adquirieran un aparato cuyo precio equivalía a varios meses de salario. Aun así, la heladera no se convirtió en un bien de consumo masivo hasta los años sesenta. En 1970 se contabilizaban más de 1,3 millones, cifra que, según los datos citados por Rocchi, equivalía al 80 % de las viviendas electrificadas. Ese porcentaje no significa que el 80 % de todos los hogares argentinos tuviera una: el denominador comprende solo las viviendas con electricidad.
Cocinar con gas: redes y alternativas
La transición hacia el gas también estuvo condicionada por la infraestructura. La construcción del gasoducto entre Comodoro Rivadavia y Buenos Aires comenzó en 1947 y concluyó en 1949. La ampliación de las redes y la reducción de los costos de suministro favorecieron la adopción de cocinas a gas. Para las casas sin conexión, el gas envasado ofrecía otra posibilidad: su distribución se extendió a localidades del interior durante la segunda mitad de los años cuarenta.
El cambio no fue solo técnico. La arquitectura y la publicidad presentaban una cocina limpia y ordenada como parte de la modernidad y el confort doméstico. Al mismo tiempo, variaban las condiciones laborales, los salarios y la consideración social del servicio doméstico. No se trató de un reemplazo inmediato de las trabajadoras por máquinas. La investigación muestra que la difusión de los aparatos coincidió con esos cambios y que los anuncios también apelaban a las inquietudes sobre el costo y la disponibilidad del personal doméstico.
La producción permite observar el giro del mercado: en 1937 se fabricaban más cocinas económicas a leña que cocinas a gas; en 1946, la producción de estas últimas ya era superior. Firmas argentinas como Longvie, Volcán y Orbis participaron en ese proceso. Sin embargo, tener una cocina dependía no solo de comprarla, sino también de contar con combustible y poder pagar la energía.
Radio, automóvil y ocio
Los electrodomésticos prometían ahorrar o reorganizar tiempo; la radio, en cambio, lo ocupaba con noticias y entretenimiento. Su expansión en los años treinta coincidió con el desarrollo de una industria local que fabricaba gran parte de los receptores. Los radioteatros, patrocinados con frecuencia por fabricantes de jabón y de bienes durables, congregaban a oyentes en casas y espacios compartidos.
Rocchi destaca el lugar de las mujeres en las compras del hogar y entre el público de esos programas. Esa centralidad ayuda a entender las estrategias comerciales de la época, pero no debe tomarse como descripción de una división idéntica del trabajo en todas las familias. La publicidad construía modelos de domesticidad y de consumo; la vida diaria podía apartarse de ellos.
El automóvil siguió otro recorrido. Argentina importó numerosos vehículos en los años veinte, pero la crisis de 1929 y las restricciones comerciales redujeron las compras. La expansión de la producción local y de la industria automotriz en los años sesenta impulsó nuevamente su presencia. Un auto podía acortar un viaje y, al mismo tiempo, facilitar paseos y actividades recreativas; por eso ocupa un lugar intermedio entre el bien práctico y el de entretenimiento.
En los años cincuenta y sesenta, la televisión empezó a competir con la radio. El censo de 1960 registró más de medio millón de televisores, aunque Rocchi advierte que las cifras declaradas podían ser inferiores a las reales. La competencia llevó a que la radio reforzara su lugar en las noticias, la música y la comedia.
Los aparatos dentro de una historia social
La trayectoria de estos bienes dependió de una combinación de factores: salarios e ingresos, producción nacional, crédito, precios de la electricidad y el gas, cobertura de las redes y hábitos domésticos. Las clases medias impulsaron una parte importante de la demanda; también lo hicieron, en ciertos periodos, hogares obreros con salarios relativamente altos. Pero el acceso siguió siendo desigual entre regiones y familias.
La expansión del confort no eliminó el trabajo doméstico ni hizo iguales a todas las viviendas. Cambió la forma de comprar y conservar los alimentos, el combustible usado para cocinar y los espacios en que se compartían noticias y entretenimiento. Las estadísticas de producción y la publicidad permiten seguir esos cambios, pero también muestran que un aparato podía ser una aspiración, una compra reciente o una ausencia persistente. La vida cotidiana no se modernizó al mismo ritmo para todos.
- Década
- Años 70
- Región
- Latinoamérica
- Nivel
- Introducción
- Entidades
- Televisión, Cuatro, Buenos Aires, Heladera eléctrica, Argentina, SIAM Di Tella
Fuentes y referencias
- la evolución de los bienes durables en Argentina, 1920-1970journals.openedition.org · 2026-10-28
- la evolución de los bienes durables en Argentina, 1920-1970www.scielo.org.co · 2026-10-28
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- Historia del País Vascoes.wikipedia.org · 2026-10-28