Los muebles no solo equipaban las casas de la Córdoba de fines del siglo XVIII: también participaban en la vida social que transcurría en ellas. En inventarios, testamentos y cartas de dote, Cecilia Edith Moreyra encuentra pistas sobre cómo se recibían visitas, se organizaban las habitaciones y se hacían visibles las diferencias de riqueza y género. Esos documentos describen bienes concretos, pero su lectura permite preguntarse por las prácticas y relaciones que daban sentido a cada espacio.
La sala: recibir y distinguir
En las casas acomodadas, la sala de recibo era uno de los principales lugares de sociabilidad. Los asientos podían ser numerosos: una vivienda de la elite llegó a tener sesenta y seis muebles para sentarse, entre sillas de brazos y taburetes. En otras casas había apenas unos pocos, a veces menos que habitantes. La cantidad y calidad del mobiliario expresaban recursos y capacidad para recibir, pero las casas mejor documentadas y más ricas no representan la experiencia de todos los hogares.
Los asientos también podían ordenar las posiciones dentro de la sala. Los taburetes eran generalmente más sencillos y menos cómodos que las sillas de brazos; estas últimas podían reservarse a los dueños de casa o a visitantes distinguidos. Moreyra recoge interpretaciones sobre el modo en que la altura y comodidad de los asientos podían reflejar jerarquías familiares y sociales. Sin embargo, los inventarios no registran quién ocupaba cada asiento en cada ocasión: permiten plantear esa lectura, no reconstruir todas las interacciones.
Mesas y escritorios combinaban utilidad y prestigio. Algunas mesas, hechas con maderas valiosas y tasadas a precios muy superiores a los habituales, sobresalían entre los bienes de familias acomodadas. Los escritorios podían ser objetos costosos y ornamentados incluso en casas de personas que apenas sabían escribir. Su valor, por tanto, no dependía necesariamente de que se usaran para escribir: también podían comunicar estatus y servir para guardar objetos preciados.
Cajas y baúles, en cambio, aparecen en hogares de diferentes niveles económicos. Servían para conservar ropa, herramientas, libros y otros bienes, y resultaban fáciles de trasladar. La diferencia social se advierte en su cantidad, tamaño, acabados y valor: mientras algunas familias poseían varios, otras guardaban sus pertenencias en un solo baúl.
El estrado: un espacio delimitado para las mujeres
En algunas salas había un estrado, una plataforma elevada que solía cubrirse con alfombras. Allí las mujeres de la casa podían coser y recibir visitas de mujeres de posición social semejante. Taburetes pequeños, cojines y mesitas componían este sector. Su altura lo distinguía del resto de la habitación y, con ello, señalaba un espacio particular dentro de un ambiente compartido.
Los documentos registran estrados con tarimas, alfombras y distintos asientos. Moreyra observa que los taburetes parecen haber desplazado gradualmente a los cojines, pero advierte que esa tendencia no basta para afirmar que hubiera cambiado de manera general la posición social de las mujeres. Los objetos documentan arreglos concretos; no autorizan a convertirlos en una evolución uniforme ni a suponer que todas las casas contaban con un estrado.
La alcoba: descanso, intimidad y violencia
La cama matrimonial podía incluir cuja, cortinas, colgaduras, colchón, sábanas y almohadas. En las dotes de algunas familias acomodadas aparece ropa de cama nueva y costosa; otros inventarios describen camas viejas o insuficientes para quienes vivían en la casa. La comparación muestra diferencias materiales importantes y pone en perspectiva la comodidad de los hogares de elite.
Las cortinas y los biombos ayudaban a crear intimidad en espacios domésticos compartidos. La alcoba era lugar de sueño, oración y vida conyugal, pero también podía ser escenario de violencia contra las esposas. La privacidad, por ello, no equivalía necesariamente a seguridad o autonomía: dentro del hogar persistían relaciones desiguales de género.
Lo que los documentos permiten ver
El estudio de Moreyra se concentra principalmente en hogares de la ciudad de Córdoba y utiliza inventarios, testamentos y documentos de dote para reconstruir muebles, valores y distribución de espacios. Estos registros varían en detalle y se elaboraron en circunstancias específicas; describen bienes con mayor claridad que los usos cotidianos o las relaciones entre quienes los compartían.
Leídos en contexto, los muebles ayudan a pensar cómo se articulaban las prácticas domésticas con las jerarquías sociales. Una silla ofrecía un lugar para sentarse, pero su comodidad podía distinguir a unas personas de otras; una mesa reunía a sus usuarios, sin que por eso fueran iguales sus papeles o su acceso; un baúl almacenaba pertenencias y permitía llevarlas de un sitio a otro. La cultura material ofrece así una entrada a la historia de la vida cotidiana, siempre que los objetos se entiendan dentro de las relaciones y desigualdades que les daban significado.
- Década
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- Nivel
- Introducción
- Entidades
- SEAT
Fuentes y referencias
- LAS FUENTES PARA EL ESTUDIO DE LA VIDA COTIDIANAdoi.org · 2026-10-29
- FAMILIA Y VIDA COTIDIANA, II.doi.org · 2026-10-29
- LOS PROTAGONISTAS DE LA VIDA COTIDIANA, IV.doi.org · 2026-10-29
- Guía de investigación históricatranslate.google.com · 2026-10-29
- Vida cotidiana y entorno material. El mobiliario doméstico ...journals.openedition.org · 2026-10-29