La historia del televisor en Mar del Plata no empieza cuando cada familia pudo tener uno en casa. Durante los primeros años de emisiones locales, ver televisión también significaba ir a un club, una sociedad de fomento o la vivienda de un vecino. En la reconstrucción de la historiadora Inés Pérez, esos desplazamientos y las distintas ubicaciones del aparato —en el living o en la cocina— muestran que la relación entre televisión y vida doméstica se construyó de manera gradual, desigual y distinta de la que suele asociarse con Buenos Aires.

Pérez estudia ese proceso en su artículo La domesticación de la “tele”: usos del televisor en la vida cotidiana. Mar del Plata (Argentina), 1960-1970. Su investigación se basa en entrevistas a 21 personas que vivieron la difusión del televisor en la ciudad. Las entrevistas no ofrecen una memoria única: edad, género, posición social y relaciones familiares influyen tanto en lo que se recuerda como en la manera de narrarlo. La autora las pone en diálogo con fotografías y discursos de la época para examinar no solo dónde estaba el aparato, sino quién lo usaba y qué significaba tenerlo.

Una llegada tardía y esperada

La televisión argentina había comenzado sus transmisiones en Buenos Aires en 1951, pero hasta 1960 la señal solo podía recibirse allí. Ese año empezaron a emitir Canal 12 en Córdoba y Canal 8 en Mar del Plata. Para la ciudad costera, fue el inicio de una experiencia televisiva local; para muchas familias, el acceso al aparato todavía era una decisión costosa. Los testimonios reunidos por Pérez sitúan con frecuencia la llegada del televisor a casa hacia 1966 o 1968, aunque algunas familias pudieron comprarlo antes.

El costo no era el único factor. Tener un televisor podía representar modernidad y prestigio, pero también generar desconfianza. En un testimonio, una mujer recuerda que su madre se oponía a tener “ese aparato” en casa, aunque ella misma y sus hijas miraban televisión en otro hogar. El rechazo, según la interpretación de la entrevistada, se dirigía al objeto desconocido y a su presencia en el espacio doméstico, no necesariamente a la actividad de mirar.

Los primeros años combinaban, por eso, la circulación pública y la incorporación privada. Algunas familias compartían el aparato con parientes; otras personas acudían a clubes, asociaciones barriales o casas vecinas. En los relatos, quienes iban a mirar eran sobre todo niños. Los adultos lo hacían con menor frecuencia, mientras que para los más jóvenes la casa ajena podía convertirse en una extensión habitual del propio espacio de juego y encuentro.

Esa apertura no debe confundirse con una continuidad sencilla de antiguas prácticas comunitarias. Pérez observa que compartir artefactos como cocinas y heladeras había sido más común en generaciones anteriores, pero en los años sesenta esos usos compartidos eran menos habituales. El televisor volvía a cruzar el umbral entre hogares, aunque de una forma específica: eran principalmente los niños quienes iban a verlo a casa de los vecinos.

El lugar del aparato también organizaba la vida doméstica

Cuando un televisor entraba en casa, podía instalarse en el living o en el living-comedor, espacios compartidos donde las visitas también lo veían. En otros hogares ocupaba la cocina. Pérez advierte que esta diferencia no se explica simplemente por la clase social: entre las personas entrevistadas, familias de distintos sectores eligieron ese ambiente. La ubicación dependía de hábitos familiares y de cómo se distribuían el trabajo y el tiempo dentro del hogar.

En la cocina, la televisión podía acompañar una actividad que ya estaba en marcha. No siempre exigía atención exclusiva: el sonido podía seguirse mientras alguien trabajaba, con la posibilidad de acercarse a la pantalla en ciertos momentos. Pero esa convivencia entre entretenimiento y labor doméstica tenía una dimensión de género. Artículos y consejos dirigidos a las amas de casa podían presentar la televisión como una distracción de las tareas; al mismo tiempo, colocarla en la cocina permitía mirar sin abandonar del todo el trabajo.

La elección del espacio, por tanto, no era un detalle decorativo. Hablaba de quién debía trabajar, descansar o entretenerse en cada ambiente, y de cómo se negociaban esos usos en la vida familiar. En el living, el aparato podía reunir a la familia y quedar a la vista de los invitados. En la cocina, se integraba a las rutinas de quienes pasaban allí buena parte de su jornada.

El televisor también se exhibía como una posesión valiosa. Algunos entrevistados recuerdan el orgullo de sus familias por haber comprado temprano un aparato caro. La marca y el precio podían asociarse con la modernidad y el progreso. En el caso de una familia que adquirió un televisor Philips importado antes de que Canal 8 comenzara a transmitir, el recuerdo pone de relieve tanto el costo como la condición pionera de la compra. La posesión podía señalar estatus incluso cuando el uso cotidiano del aparato aún no estaba plenamente establecido.

La espera, las emisiones y la memoria

La llegada del canal local no coincidió siempre con la del televisor a cada hogar. Una pareja entrevistada por Pérez recordaba haber comprado el aparato unos seis meses antes del inicio de las emisiones y haber esperado con impaciencia que Canal 8 empezara a transmitir. Para los niños, esa espera y los programas vistos después podían permanecer como recuerdos muy precisos. Los adultos, en cambio, a veces recordaban la televisión por el tiempo que mantenía ocupados a sus hijos.

Otros relatos muestran cómo el recuerdo puede comprimir fechas distintas. Una entrevistada llegó a pensar que el televisor había estado en su casa desde su nacimiento; al hablar por teléfono con su hermana, ambas revisaron esa memoria y la relacionaron con el comienzo de las emisiones locales. El episodio ilustra una diferencia importante entre establecer una cronología y comprender cómo un objeto llegó a sentirse parte natural de la casa. La memoria oral permite estudiar ambas cosas, siempre que se atienda a sus énfasis, vacilaciones y reinterpretaciones.

Incluso quienes tardaron en tener televisor podían ver emisiones extraordinarias en un aparato prestado o en casa de otra persona. Los hermanos Cortés, por ejemplo, recordaban haber visto la llegada del hombre a la Luna en un televisor que les facilitó un amigo del barrio. El acontecimiento funcionaba como referencia para fechar la llegada del aparato al hogar, pero también muestra cómo una transmisión podía reunir a personas que todavía no tenían televisión propia.

Un hogar que no tenía un único modelo

El caso de Mar del Plata no describe una transición uniforme ni un modelo general de hogar argentino. Canal 8 empezó a transmitir en 1960, pero los televisores se compraron en momentos distintos y sus usos dependieron de los recursos, la edad, las costumbres familiares y las expectativas de cada persona. La televisión podía ser un bien visible y prestigioso, una compañía mientras se cocinaba, un motivo para que los niños visitaran a los vecinos o una novedad que algunos adultos preferían mantener fuera de casa.

Las fotografías permiten reconstruir la disposición material de los interiores; las entrevistas ayudan a entender los recorridos, las rutinas y los significados que las imágenes por sí solas no revelan. Juntas, estas fuentes muestran que la domesticación de una tecnología no consiste simplemente en introducirla en una vivienda. También implica decidir dónde se coloca, cómo se comparte y qué actividades acompaña. En Mar del Plata, el televisor se volvió doméstico a través de esas elecciones, sin que desaparecieran de inmediato los vínculos entre el hogar y el barrio.

FICHA DE DATOS
Década
Años 60
Región
Latinoamérica
Nivel
Introducción
Entidades
Televisión, Buenos Aires, Argentina, Inés Pérez

Fuentes y referencias

  1. Manuel Casado Ariza, "La cerámica con decoración geométrica del Carambolo"doi.org · 2026-11-03
  2. Década de 1970 - Wikipediatranslate.google.com · 2026-11-03
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